Angustia

Tienes el corazón, las ideas, los pies y la mirada en diferentes lugares; estando bajo los efectos de una sobredosis de realidad uno puede ver más de lo que necesita. Esto es diferente, la pupila no esta dilatada, el corazón no late fuera de ritmo, reconoces bien tu tiempo-espacio, no eres invencible.

Necesitas de algo, probablemente de alguien, pierdes el control sobre los movimientos y te sientes sedado por las inyecciones de realidad que siguen embriagando a tu sistema. Te despides de muchas cosas, recuerdas tus errores y re-inventas tu pasado. Olvidas.

Palabras sin sentido llenan las hojas de un periódico con fecha indeterminada. Noticias que nunca sucedieron y comentarios que nunca se hicieron, nada parece tener sentido -aunque pensándolo bien nunca ha sido realmente diferente-. Vienen y van pensamientos o sentimientos qué nunca estuvieron ni en tu cabeza ni en tu corazón. Recuerdas.

Y así permaneces, drogado por la realidad (que debe ser diferente a "realmente drogado"). Con la angustia que te come la cordura y la vomita en donde un día estuvo tu razón. Con las palabras en la punta de la lengua y una pesada cadena amarrada al tobillo que evita que vueles, no te deja alejarte.

Así fue hoy la angustia. No se confundan, no ha sido un mal día; es solo que no me gustan mucho los exámenes de conciencia.

¿Quiénes somos?

Hay muchas preguntas que probablemente nunca podremos contestar, hay muchas respuestas que seguramente están ahí, esperando por nosotros.

Nosotros, nos etiquetamos, nos desmarcamos de la tendencia o corriente principal, nos cortamos el cabello llevando el recorte de una revista, nos vemos al espejo y nos imaginamos mutando al concepto de ideal, sumimos el estomago, hablamos del escritor del libro que no hemos abierto, opinamos de la guerra que nos muestra la TV, somos y seguiremos siendo víctimas de nuestro modo de vida.

Nunca ha sido mi intención entrar en camisa de once varas, crear conceptos que no me corresponden, hacer entender a las personas tópicos que ni yo mismo entiendo. Nunca he considerado a mi verdad como la absoluta y , definitivamente, nunca he pretendido que mi opinión cambie el curso de cualquier hecho en específico.

Aún así hay momentos en los que me doy la oportunidad de opinar ó de soltar algún concepto, por mundano que este sea; de pegar un brinco y asomarme tantito más allá del sombrero de copa, siendo ésta una de mis metáforas favoritas.

Hay otros, quienes se logran salir del sombrero de copa, son aquellos quienes hacen caminos, que abren puertas, que formulan preguntas y que encuentran respuestas, todo esto de forma constante, de forma creativa. Desafortunadamente son los menos. Afortunadamente las conexiones misteriosas del universo me han dado la oportunidad de cruzarme con algunos de esos entes.

Ellos y yo, tu y ellos, ustedes y nosotros, nosotros y tú... no somos tan diferentes, a nivel orgánico somos practicamente iguales, las diferencias anátomicas son marcadas ya que la natura así lo requiere y las diferencias intelectuales, ideológicas, culturales y sentimentales están ahí porque pertenecemos a una raza que no se conformó con poco.

Ellos y yo, tu y ellos, ustedes y nosotros, nosotros y tú... no somos diferentes. Me niego a dejarlo así, no creo que seamos diferentes. Me gusta más pensar simplemente que no somos tan parecidos.

adj. Que no duerme, desvelado

Desperté cuando la madrugada aún era; pasé los últimos 20 -tal vez 30 minutos- sentado en mi cama. Conecté el cable de la pequeña lampara colocada a mi derecha, los somnolientos ojos se sintieron lastimados por los 100 watts que emanaban del foco, mientras las manos buscaron algún libro, revista o periódico al alcance para ojear/hojear. Ya no tengo sueño.

No estoy completamente dormido pero tampoco estoy despierto, eso es insomnio ¿no? Me refugio en mi actividad inútil favorita: escribir en mi libreta.

Desde siempre me gustó desvelarme, aunque no puedo explicar con exactitud como fue durante los primeros años, sí recuerdo a la perfección, alrededor de los 10 años de edad, estar esperando calladito en mi habitación a que todos se durmieran, cobija y almohada en mano salía de ahí; mis tobillos tronaban al bajar cada escalón, respiraba en absoluto silencio y cerraba la puerta del estudio; prendía la televisión.

El amor llegó más tarde, con él llegó ese particular insomnio que atacaba a mi razón y a mis ya irregulares sueños. Con ese insomnio de amor llegaron los años de la poesía nocturna pesimamente escrita, las primeras lagrimas de almohada, las lecturas de Poe, Quiroga o Dickens.



Me dan ganas de orinar, salgo de mi cuarto y cruzo el pequeño pasillo que lo divide del baño. No prendo la luz conozco cada rincón de esta casa mejor que a sus habitantes, el chorro que cae y su ruido se magnifica debido a la natural arquitectura del pocillo de porcelana; hace frío así que decido no lavarme las manos. Vuelvo directamente a la cama.

De madrugada mi cuarto es un lugar extraño, más cuando estoy fumando como ahora, el humo del cigarro y la falta de ventilación atrapan una nube de humo provoca que todo en el parezca perdido en la niebla.

Recuerdo la forma en que las letras llegaron a mi vida y se convirtieron en uno más de la lista de descubrimientos adolescentes: las drogas, la auto exploración sexual, el alcohol.

Bukowski reivindicando al viejo borracho, la belleza de lo abominable, las verdades de la vida fácil y esas fotocopias que tuvo a bien regalarme una maestra; acompañaban a mis noches en vela. Entender y creer que entendía. Pensar que se podía vivir una vida sin sueños
.


La pantalla del monitor resplandece sobre mis enrojecidos y cansados ojos. Me quedo tranquilo pensando un rato, una idea empieza a retumbar en mi cabeza: no soy resultado de mis sueños, yo soy el hijo bastardo de mi lacerante insomnio, aquel que comenzó sin explicaciones y con televisión no apta para menores.

Con el insomnio pierdo el orden de mis ideas; mi capacidad de creación, de sintaxis, de semántica, mi super realidad... todo se mezcla de forma desordenada, desastroso. Todo esto fue razón suficiente para cuestionar la utilidad de mi vida nocturna. No hago nada, aún no tengo sueño y encontrar noches como ésta dejó de ser una sorpresa hace ya mucho tiempo.

Mi insomne cerebro está en automático, la luz de la pequeña lampara me aturde y mi vista se nubla paulatinamente tras cada uno de los cada vez más elongados parpadeos.

Hoy he intentado vencer al insomnio por enésima ocasión, entenderlo, destruirlo. Prometo que pronto dejaré de pelear batallas que nacieron perdidas.