Ansiedad

Yo lo sé, todos lo sabemos.


Somos  humanos inevitablemente, soy humano inexorablemente. Desde el principio de la historia, el ser humano ha utilizado la lucha consigo mismo como el mejor pretexto para mantener el equilibrio y liberarse de las pasiones; la mejor forma de vencer sus miedos, su ansiedad.

La forma más facil, y tal vez cobarde para hacerle frente a la incógnita que representa el futuro y a la angustia que provoca la inveitable muerte, o el ineludible sufrimiento.

Cuando Nietzsche dijo que Dios murió, intentó quitarnos las cadenas que nos amarran al plano del sufrimiento. Le dió al "superhombre" la oportunidad de su vida, ser por primera vez creador y desarrollador de todo lo que percibimos. Y nosotros, los "superhombres"... rechazamos esa propuesta.

La luz golpea mis ojos, siento que cada haz es un alfiler pequeñito que penetra mi globo ocular. Mi piel reacciona, mis sentidos están dormidos pero perceptivos, afuera llueve, más lejos pasan uno, dos, tres, cuatro autos. El teléfono celular tiene una luz parpadeante que para. La computadora produce un molesto calor que golpea mi muslo, el pequeño foco rojo en el panel de control del televisor apunta hacia a mi, como un láser.

Lentes, tenis, ropa, escribir, ver, la notificación del mensajero instantáneo, todo retumba sobre mi cabeza de no-superhombre.

Y en el mismo día lloro, río, busco, ignoro, encuentro, pienso, me inspiro, me pierdo, despierto... despierto muchas veces, me detengo a pensar. Nada está ahí cuando más lo necesitamos.

Y todo sigue en su lugar, nada se mueve, nada cambia, nada ni nadie se va. Nadie ni nada llega.

Todo está bien.

Todo va a estar bien.

Puedo sentirlo.

Puedo sentir como todo empieza a perder sentido.

Gritar

Porque, después de muchos años en que el mundo me ha permitido variadas experiencias, lo que más sé, a la larga, acerca de moral y de las obligaciones de los hombres, se lo debo al futbol.
Albert Camus


No es sólo estar sentado frente a la caja idiota, tampoco es sólo desconectarse del mundo exterior, de los problemas políticos, de la podredumbre social. Tampoco es sólo gritar y regresar a lo básico.

Va mucho más allá.

Es pasión real y nerviosismo incontrolable. Es saber que justo cuando el balón comienza a rodar, en tu cerebro comienzan a conectarse miles de emociones pasadas, historias de fracaso y éxito; también llegan a ti cientos de ideas a futuro, momentos inmediatos o anhelos a largo plazo.

Es presenciar en tiempo real la creación de nuevos ídolos y referentes de la cultura popular, situarte en tiempo-espacio frente y contra la historia del hombre moderno. Disfrutar de 90 minutos de taquicardia, sufrir 90 minutos de emociones, es pulso errante, lágrimas y una extraña sensación que te recorre cada poro, en cada jugada.

La catarsis que llega con el gol es similar a un orgasmo incontrolable que te catapulta de tu asiento, te acelera el sistema y te provoca un peculiar síndrome de abstinencia.

Porque siempre quieres más... quieres ver el momento en que alguien hace arte mientras se divierte, quieres disfrutar de fenómenos cuyas habilidades no solo contienen las ilusiones de todo un pueblo expectante, sino que también proveen una extraña conexión persona a persona, su remate es tu esfuerzo... su felicidad es una victoria más a tu lista... su derrota se clava en tu corazón.

Es una experiencia integral, una experiencia que no tiene fin. -copiando este concepto de uno de mis filósofos favoritos, Umberto Eco-

¿Por qué no tiene fin? Porque aunque se llegue a la finalidad única, el gol, la bola sigue rodando y 22 jugadores siguen corriendo en el rectángulo de césped. Sin importar si se pierden y ganan partidos, sin importar si se obtienen campeonatos.

Aunque es un hecho que la historia, el capítulo, termina con el pitazo del hombre de negro; a veces parece que un pase mal entregado, un desafortunado autogol, un disparo que un villano defensa rival saca sobre la línea de cal o un tiro que pega directo en el travesaño, pueden provocar que el tiempo se haga eterno. Pero en realidad, el correr del reloj no se detiene nunca ante el autoritario pero infinito espacio de una cancha de futbol.

Es una pasión creada por y para los insatisfechos, una neurosis personal y colectiva que no permite opiniones indiferentes.

Me viene a la mente que todo aquello que normalmente nos gusta llamar "cosas del futbol" son en realidad un reflejo de todos los imponderables (físicos, sociales, atmosféricos, etc.) de la raza humana. Los fanáticos tenemos en el esférico a nuestra oración, en el jugador a nuestro ídolo pagano, en el estadio a nuestro templo sagrado y en el grito de gol vive nuestra experiencia religiosa.

No soy (tan) tonto, sé bien que al intentar explicar el fútbol, no puedo desvincularlo de todas sus condicionantes económicas, de toda la estructura televisiva y política que lo enmierda cada vez más. Pero pensar de más en eso solo le pondría pesimismo a algo puro, algo que sale del corazón (energía que se dispara en ambas direcciones).

Sin duda -y digo esto a manera de cierre sin importar que ya esté previamente discutida la condición infinita del juego- la conversación/discusión sobre fútbol puede parecer muy poco intelectual. Realmente lo es.

Y aún hay quienes -como yo- se aferran a sus conocimientos y recuerdos inservibles, los goles y atajadas de nuestros ídolos. Aún habemos quienes en plena época donde se juega con línea de cuatro, aún nos acordamos de un partido en el llano donde se era defensa central y delantero por derecha, indistintamente. Quienes en tiempos de contratos multimillonarios nos acordamos del refresco que se apostaba al terminar la "cascarita" con los amigos.

Aún habemos quienes podemos aceptar que amamos que el balón ruede infinitamente. Para perdernos frente a la caja idiota, desconectarnos un momento del mundo exterior, de la pinche política y la puta sociedad. Para volver a lo básico... para gritar ¡GOL!

Degeneración

del latín de-generare, la degeneración es la acción realizada por algo o alguien para salir de su clase o género y regresar a su calidad apropiada o ancestral.

Para las ciencias exactas, concretamente para las matemáticas -considerándolas como parte vital del (des)órden universal- la degeneración es un caso numérico de limitación en el cual una clase del objeto modifica su naturaleza para supeditarse a otra, que generalmente es más simple. Al menos eso es lo que pude entender.

Yo lo veo como regresar al origen, una propiedad de la materia que nos da la posibilidad de limpiar una hoja de papel que está manchada por el paso del tiempo sobre ella.

Quedan marcas, claro que si. Quedan miedos, por supuesto. Pero ¿qué tal si degenerarnos fuera la única forma de reencontrarnos? ¿Qué tal si degenerarme es el inicio perfecto para el proceso que quiero comenzar?

Definitivamente no soy el mismo, he cambiado mucho. Estoy roto y falto de motivos.

Pero como siempre, lo que escribo no es definitivo, al contrario... pareciera que la contradicción es la única constante en mi ecuación.

Entonces no he dejado de pensar. Hay cosas que le tienen que suceder a tu vida, que sin ellas no estarías completo, pero de los cuales tienes que deshacerte si es que esperas algun día seguir tu camino.

Y es ahí, cuando sientes que estas viviendo un momento que ya estaba construido para ti. Te das cuenta que es imposible cambiarte, que inevitablemente vas a ser tú, que ha llegado el momento de desprenderte de los errores, los propios y los ajenos; que llegó la hora, que el tiempo no te está esperando.

Estos momentos, en su mayoría, son casi imperceptibles, muchas veces se me escapan, son más rápidos que mis ojos. Pero otras veces, en realidad muy pocas, logro capturarlos, vivirlos.

Degenerar no es cambiar, simplemente es cambiar de estado, dejar ir. Degenerar es mantener tus propiedades básicas, el código que te define.

Hoy he decidido que quiero degenerarme, que quiero regresar a un estado más simple, desprenderme de todo lo que me tiene así, insomne.


Ser por primera vez en mi vida la versión mejorada de mi mismo.